Aquí el tiempo pasa despacio, es lento, es cansino. Cuatro años son cuatro siglos y dura un instante cada eternidad. Y más ahora.
Nada más llegar aquí comencé a realizar lo que acabaría llamándose A las ocho en el Bule, a dar forma de libro a lo que en cuaderno de anillas tuvo su punto de partida aquella tarde de domingo en mi sofá. Desde la nostalgia a veces, entre lágrimas y sonrisas post parto de los recuerdos otras, queriendo dejar testimonio de aquella época en algunas y las más por hacer el rato más ameno, engendré un diario con mis vivencias y lo lancé al cielo, a ese cielo al que tanto anhelamos volver yo y tantos otros compañeros de lucha. Supe por boca de muchos de la ira que provocó en algunos el idioma elegido para la ocasión, a lo cual, pese a que probablemente sea ya demasiado tarde, responderé en un futuro más a mano que lejano. Los he estado esperando, nunca se puede saber a quién traerán o con quien te toparás durante una cunda, pero no, de los que me sonaba el nombre ninguno ha resultado tener el currículo necesario para pasarse una temporada aquí. Bejondaiela! Espero, deseo, que hayan aprovechado el tiempo para escribir textos en Euskara que al leerlos me sirvan para poder, algún día, hacerlo yo también.
No en vano, retomo mi narración en castellano, aunque hoy en día, si es que a alguien le interesa, apenas lo hablo. No al menos con quien sea capaz de entenderme en Euskara. De los viejos errores se aprende, de los nuevos se sabe cuánto se ha aprendido.
A las ocho en el Bule me cambió la vida, aunque no solo a mí. En el módulo me llaman El escritor, los gitanillos Charolito. Casi todos comenzaron leyendo el Bule y ahora se ponen hasta arriba y se pasan el día leyendo. De algo ha servido al menos, en este maldito Guantánamo rodeado de tanta literatura Revertiana, tanto fino, boquerón y manzanilla. La vida mata, aquí en cambio vive la muerte, y sobrevive quien puede. Al Sida, al jaco, a los boquis…
El motivo por el que os dejé inesperadamente en la rotonda que hay entre el ahora famoso Bar Faisán y la entrada en dirección Donostia de la A-8, no es otro que el riesgo tan real de que todo el proyecto se fuera al garete en caso de que estos últimos encontraran y robaran el manuscrito si les diera por entrar y poner todo esto patas arriba. Y ya era demasiada cantidad de borrones, rectificaciones y golpes de autocensura reprimidos como para tener que comenzar de cero otra vez. Preferí hacerlo así, poco a poco, precavidamente racionado, que es como el sabor perdura en el recuerdo de lo catado alguna vez, preso eterno de la duda entre si son recuerdos de lo que fue o ganas de más, de un poco más.
Por lo que a mí respecta, por lo que a mis ganas de contaros un poco más se refiere, he de reconocer que los últimos acontecimientos han acelerado mi ritmo cardiaco y que un atisbo de esperanza asomó tras las rejas de la ventana el dieciocho de octubre pasado haciendo que lo que el libro que ahora tenéis entre manos estuviera a un casi nada de ser su continuación. Pero aquí, aquí prisa es lo que no hay; ni hay, ni puede, ni debe haber. Y es que la prisa mata, tal y como escucho aquí docenas de veces por día de boca de esta desgraciada gente, victima toda de ella de la mierda de mundo que construimos tras las dos guerras mundiales; aunque fue solo una. Como solo una fue esta historia que revivo en dos, de momento, sabedor de que no hay cosa que no llega si se la espera fehacientemente. Así pues, ojalá pueda terminar de hacer esto que tanto gozo y placer me produce aquí, en mi casa. Eso sí, para que eso pueda ser cierto, para que pueda ocurrir de verdad, dudo mucho de que sea suficiente que la organización (empresa?) haya hecho pública la decisión que se tomó de dejar las armas y apostar exclusivamente por otros tipos de lucha. Sin duda, hará falta mucha imaginación y más sacrificio para que podamos volver. En vuestras manos está.
En El Puerto de Santamaria , a 3 de Diciembre de 2011
Arrats Lekuberria Legasse.